VIVIR ENGORILADO

VIVIR ENGORILADO

Casi no podía conciliar el sueño pensando en lo que me esperaba al día siguiente. Solo de pensar en el nombre Selva Impenetrable del Bosque de Bwindi se me erizaba el vello. No dejaba de darle vueltas al hecho de que finalmente mi sueño estaba a punto de cumplirse; y con él, uno de los motivos principales de mi viaje a Uganda,de mi nuevo viaje a África. En cuestión de horas me encontraría cara a cara con el gorila de montaña y estaba emocionado como un niño en la víspera de Reyes, ya que intuía que sería uno de los días más bonitos de mi vida viajera.

 

La mañana despertó algo más fría y llegamos a la zona de Ruhija , uno de los sectores del Parque. Recibimos una charla por parte de las autoridades, en la que nos explicaron las normas que teníamos que seguir de comportamiento, tanto para nuestra seguridad como para la de los gorilas, y también nos advirtieron de la conveniencia de no molestarles demasiado. Empezamos a caminar en un grupo de ocho viajeros, cumpliendo de ese modo con una de las normas principales del treeking: grupos de ocho personas por cada familia de gorilas. Ni uno más.

 

El paisaje era espectacular, como primera recompensa a una caminata llena de senderos escarpados, barro, desniveles y una frondosa vegetación que, en ocasiones, dificultaba continuar. Todo ello merecía la pena, ya que al final del esfuerzo tendríamos nuestra deseada recompensa.

 

Después de algo más de tres horas de caminata, de repente, el ranger que nos acompañaba se detuvo y nos silenció,llevándose el dedo índice a la boca en una señal inequívoca que indicaba que lo que buscábamos con tanta ilusión estaba a punto de ponerse ante nuestros ojos. El ranger apartó unas ramas y allí estaba toda la familia Bitukura, protegida por el gran espalda plateada (silverback).  La estampa era tan linda, que parecía estar puesta allí exclusivamente para nosotros. Ni en un cuadro del mejor de los pintores hubiesen estado mejor colocados para la ocasión. Por fin los tenía all. Me desbordaba la ilusión y el corazón me dio un vuelco que no pude reprimir las lágrimas.

 

Cuando tienes a este magnifico animal ante ti, cuando te mira, cuando admiras de cerca su belleza, su envergadura, cuando ves lo semejantes que somos, la cabeza te va a mil por hora, y es entonces, cuando eres consciente de que ese momento es imborrable y de que permanecerá en tu retina y en tu corazón grabado para siempre.

 

Así fue mi primer encuentro con una familia de gorilas, en concreto con la familia Bitukura, que tomó su nombre del río donde fueron vistos por primera vez (según nos explicó el ranger), un fantástico grupo de más de una docena de miembros.

 

Con el tiempo completaron mis experiencias otras familias en Bwindi y también en Ruanda, en el Volcanoes National Park. Pero fue así, como aquella mañana, mientras los pequeños gorilas jugaban y los adultos comían sin darse tregua, descubrí que ellos sienten la misma curiosidad por nosotros que nosotros por ellos. Supe que no me conformaba con tan sólo aquella hora que pude disfrutar de ellos. Constaté que necesitaría vivir ese momento en más ocasiones, y que era necesario también poder compartir experiencia y emociones con más gente, y aunque aún no lo sabía, esa fue la primera semilla de lo que hoy soy.

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